28 años después
Danny Boyle vuelve por fin con su apocalipsis zombi británico.
Han pasado 28 años desde que un virus rabioso asoló el Reino Unido... y 23 años desde que los espectadores de cine conocimos una de las películas de zombis más horripilantes jamás rodadas. Danny Boyle y Alex Garland han vuelto a unir sus fuerzas para ofrecer una nueva historia ambientada en las abandonadas Islas Británicas. Esta vez, seguimos a un niño de doce años y su viaje con su padre (Aaron Taylor-Johnson) a tierra firme, una zona en cuarentena donde los muertos vivientes han mutado en algo mucho peor...
Empezaré diciendo que no empieza muy bien, en sus primeros cinco minutos. La escena inicial es inesperadamente floja y mal concebida. Pero una vez que avanzamos rápidamente en el tiempo, parece como si los espectadores estuviéramos de nuevo en casa, y el establecimiento de la comunidad aislada en las Islas Británicas parece realista y el montaje resulta chulesco y febril en su justa medida. Esto es solamente el principio de un violento y extraño viaje al corazón del continente, donde nuestro protagonista no únicamente aprende a sobrevivir a las peores criaturas de pesadilla imaginables, sino que también aprende cosas sobre sí mismo y sobre su padre que ponen en marcha todo su futuro.
28 años después no es especialmente terrorífica. Es una continuación peculiar que no está tan interesada en capturar el horror claustrofóbico de la original y está más interesada en llevar la serie en una nueva dirección, algo que realmente disfruté. En esencia, la película es una triste historia de madurez sobre cómo liberarse de las incómodas restricciones y atreverse a forjar tu propio camino, un camino que resulta estar bordeado de asquerosos zombis de varios tipos. Pero la película es también algo más que una chapucera película de zombis: es también una especie de estudio sobre cómo los muertos vivientes se han integrado en nuestro ecosistema y se han convertido así en parte de nuestro ciclo vital. Aparte de esto, la película también es refrescantemente Boyle-punk en su narración, con una banda sonora de otro mundo.
Sin embargo, es cuando la película se convierte en un himno contemplativo a la muerte en su último acto cuando brilla en todo su esplendor. Esta parte es tan pálida como poética, hermosa y ligeramente ingeniosa en su inevitable tragedia. Es una pena que los tres últimos minutos sean tan pobres y desvirtúen un poco la magia que la película ha conseguido acumular, pero al menos apunta al hecho de que definitivamente habrá una secuela de este esfuerzo británico postapocalíptico, al parecer ya el año que viene.
Es una película extrañamente compuesta que quiere decir tanto que casi estalla en ideas. Explosiones en gasolineras, vistas panorámicas infestadas de zombis, la filosofía de la muerte, un soldado sueco de la OTAN que se convierte en el alivio cómico de la película, un gigantesco zombi alfa desnudo que arranca espinas dorsales como Predator, la paternidad y las sectas formadas por acróbatas con pelucas rubias son algunos de los ingredientes que no deberían funcionar juntos, pero aunque 28 Years Later se extiende en todas direcciones, son también estos toques creativos los que la hacen tan fascinante, alocada, original y sugerente.






