Análisis de Earnest Evans Collection
Sebastian ha estado investigando juegos antiguos de Sega que acaban de volver a lanzarse al mercado. Tras varios días de machacar botones frenéticamente y de frustración, ya está listo para hablarnos de tres títulos que quizá deberían haberse quedado en el rincón olvidado de la historia de los videojuegos...
Vamos con la The Earnest Evans Collection. Lo primero que pensé al ver el título fue: "¿Earnest qué?". Por supuesto, esperaba empezar mi carrera en Gamereactor con algunas "joyitas ocultas", juegos de 16 bits muy buenos de los que casi nadie había oído hablar. Pero, por desgracia... Earnest Evans no cumplió esas expectativas.
Lo que tenemos en nuestras manos es una trilogía algo improvisada formada por Earnest Evans (disponible en versiones Mega Drive y Mega CD), El Viento (Mega Drive) y Annet Returns (Mega CD). Los dos primeros juegos son de acción y plataformas, mientras que el tercero es de tipo beat 'em up. Todos comparten el mismo universo, los mismos personajes, y un estilo fresco, exuberante y maravillosamente descarado que es reconocible en varias obras de Sega de la época. Por desgracia, también comparten el mismo diseño de juego a medio hacer, con más estilo que sustancia, además de una amarga sensación de "esto ya lo hemos visto antes, pero mejor".
El primer título, Earnest Evans, establece de forma inmediata los problemas principales de toda la trilogía. En imágenes congeladas, da la sensación de ser ambicioso y cinematográfico. La portada lo promociona como una aventura de acción peliculera con un protagonista tipo Indiana Jones que viaja por lugares exóticos, busca tesoros legendarios, y sobrevive a trampas mortales. Nos recuerda también un poco a Castlevania, por el látigo y los implacables saltos entre plataformas. ¿Qué podría ir mal, verdad? Pues bien, en cuanto te sientas con el mando en las manos, todo se desmorona enseguida...
Nuestro clon de Indiana, Earnest, se mueve como una marioneta a la que se le han enredado los hilos. En realidad, no es que los controles sean malos, yo los describiría más bien como raros. Todos los pasos, saltos y latigazos parecen poco naturales y muy forzados. Esto ocurre porque Earnest está formado por varios sprites (partes), y cada uno se mueve de manera independiente. Probablemente, la idea era simular un patrón de movimiento más realista, pero la realidad es que me acabo sacudiendo por ahí dando espasmos involuntarios como un borracho, a veces haciendo que Earnest se tire al suelo, se arrastre, camine con las rodillas o empiece a hacer volteretas hacia delante totalmente inverosímiles que acaban, sin excepción, en una trampa de pinchos.
Los caminos y los monstruos también dan una impresión un tanto inconexa y mal planteada. Aunque la historia me lleva por sistemas de cuevas subterráneas, cimas de montañas y desiertos, podría perfectamente estar ambientada en Marte. Muchos enemigos van desde lo extraño (moáis vivientes que parecen sacados de Gradius) hasta lo inexplicable (el mago vampiro Michael Jackson que no duda en fardar de sus pasos de baile). Por supuesto, el nivel de dificultad también fluctúa entre ser un juego para niños y ser ridículamente complicado. Lo peor de todo es que no hay un periodo de invencibilidad después de que te golpeen, lo que significa que hasta el enemigo más insignificante puede vaciar por completo tu barra de vida en un santiamén con ataques repetidos. El resultado final es un juego de plataformas frustrante, despiadado y difícil de controlar sin nada que lo salve.
El segundo título, El Viento, presenta un ritmo más rápido y unos controles que por fin funcionan. A primera vista, podría confundirse con un primo del primer Ninja Gaiden, pero, quitando lo superficial, no hay muchas similitudes. En El Viento jugamos con la chica anime Annet, una joven fuerte en los Estados Unidos de 1920 que lucha contra el líder loco de una secta y el mafioso Al Capone, que juntos intentan resucitar al antiguo dios Cthulhu para destruir el mundo. Sí... con una historia tan surrealista, ¡cómo no te va a encantar El Viento! Y, de hecho, es sin duda el mejor juego de toda la colección, pero presumir de eso es como presumir de ser la última ventana rota de una casa hecha de cristales rotos.
El Viento tiene el mismo problema fundamental que su predecesor, prioriza el estilo sobre la sustancia. Es un juego de acción y plataformas intenso que exige reacciones rápidas, pero al mismo tiempo no muestra un diseño meditado de niveles o de enemigos que me ofrezca, como jugador, respuestas para todos los desafíos que se me presentan. El nivel de dificultad es dispar, y algunos jefes tienen una dificultad extrema (el vagón de combate del primer camino...). Es probable que esto sea así de manera intencionada, para extender el escaso tiempo de juego.
El Viento se puede jugar, e incluso llega a impresionarte en algunos momentos, pero el sentimiento general sigue siendo que la puesta en escena cinematográfica parece más un montaje estilo Rocky de escenas de acción unidas sin cuidado que algo con significado o reflexión detrás.
El último título, Annet Returns, parece marcar el momento en que el estudio se rindió y dejó de intentarlo. En este "beat 'em up", Annet está de vuelta en un juego de peleas que es, probablemente, el más monótono y aburrido que me he encontrado. Una oleada tras otra de enemigos mediocres que me atacan en un clon de Streets of Rage y Golden Axe. Pero todo lo que resultaba mínimamente singular o dinámico en sus predecesores, en este se vuelve rutina, resultando en una curva dramática igual de animada que el monitor de respiración de alguien que acaba de fallecer. Sigo adelante, caminando hacia el lado derecho de la pantalla de la televisión en movimiento como si fuera un zombi, y siento cómo mi apatía crece con cada golpe de tecla. Y es aquí, ahora que casi he entrado en coma, cuando me doy cuenta de que Annet Returns señala de lleno la razón por la que esta trilogía de videojuegos está tan olvidada, por la que ha sido confinada al rincón olvidado de la historia de los videojuegos: los juegos resultan demasiado sosos, no hay nada en ellos que no se haya hecho mejor en otras obras anteriores o posteriores.
En otras palabras, ¿quiere esto decir que la The Earnest Evans Collection no tiene valor alguno? No lo sé, ¿puede? Pero, igualmente, el hecho de que estos títulos vuelvan a lanzarse al mercado en formatos modernos suscita una pregunta muy legítima: ¿por qué?. ¿Sirve para algo preservar y volver a poner a la venta juegos que ni siquiera eran buenos cuando se lanzaron por primera vez?
Como prueba documental, cultural e histórica de tiempos pasados, a la The Earnest Evans Collection le queda algo de valor. En una época en la que retro suele ser sinónimo de nostalgia meticulosamente seleccionada en forma de clásicos, no se puede negar que hay algo liberador, punk y descarado en el hecho de hacer hueco también para juegos cutres. Esta trilogía representa un paso en falso fascinante en la historia de los videojuegos, uno en el que se puso el foco en el diseño artístico y las cinemáticas y se dejó de lado la dinámica de juego. Simboliza una rama que no dio frutos, pero de cuyos errores otros pudieron aprender. Son obras interesantes que son testigo de unos tiempos en los que los estudios nipones experimentaron de manera desenfrenada, a veces sin entender sus propias limitaciones o las de sus medios.
Visto desde esa perspectiva, está claro que la The Earnest Evans Collection tiene un valor intrínseco. Aquellos interesados en la historia de los videojuegos pueden ver la colección como un mausoleo digital de ambiciones frustradas, ideas a medio a desarrollar, y mecánicas de juego que ya parecían viejas y obsoletas cuando se lanzaron por primera vez. Es como una cápsula del tiempo de principios de los 90, una época en la que se creía que bastaba con chicas anime molonas y cinemáticas abundantes para vender un juego.
Al fin y al cabo, la The Earnest Evans Collection resultó no ser el regreso a los grandes juegos de antaño que yo esperaba. Más bien, es un recordatorio de que por cada título antiguo y retro que nos encanta y que recordamos con ojos de nostalgia, hay también muchos intentos mal ejecutados. Títulos que lo intentaron, pero que no lo consiguieron del todo. Y, quizás, sea precisamente ahí donde está el mérito de Earnest Evans: en que nos recuerda que no todo era mejor en el pasado.






