Torrente Presidente se estrenó en salas el pasado viernes, tras una campaña de marketing sin precedentes durante la cual no se mostró ni una sola imagen ni tráiler, para que los fans fueran los primeros en verla. Eso incluyó blindar la película ante la crítica, sin organizar pases de prensa hasta la semana siguiente, aunque muchos críticos acudieron igualmente durante el fin de semana para dictar sentencia sobre la nueva Torrente.
Sorprendentemente, las primeras críticas fueron bastante variadas, bastante mejores de lo esperado teniendo en cuenta los apedreadas que fueron las últimas películas de Santiago Segura (las familiares de Padre no hay más que uno incluidas). ¿Es Torrente Presidente una buena película de Torrente, o incluso... una buena comedia?
Durante un buen rato de Torrente Presidente, llegué a pensar que... sí. Sentarse a ver una sucesión de chistes, comentarios y comportamientos machistas, racistas, xenófobos, homófobos y todas las subclasificaciones de aberrante imaginables no resultaba tan incómodo como pensaba, al enmarcarlos todos en la parodia política. Santiago Segura muestra que alguien como José Luis Torrente resulta demasiado facha y casposo hasta para Vox, y sin embargo es Torrente el que mejor conecta con una gran cantidad de votantes, hasta el punto de hacer inútil la forma de hacer política tradicional. Es un reflejo del populismo mucho más firme de lo que esperaba, en un país tan folclórico como España que, sin embargo, aún no ha llegado a los niveles de payasadas de Trump o Milei... y lo peor es que no resultaría extraño que lo mostrado en Torrente Presidente se hiciera realidad. "Cualquier parecido con la realidad es una putada", reza el título inicial de la película.
Convertir Torrente en una sátira política es una, en mi opinión, una muy buena excusa para traer de vuelta a Torrente después de doce años en los que las sensibilidades de los espectadores y la sociedad en sí han cambiado drásticamente. Casi nadie negaría que ha habido desvaríos y disparates en pos de lo políticamente correcto (dónde dibujar esa línea entre lo que es y no es aceptable es otra cuestión donde es difícil ponerse de acuerdo), pero es innegable el éxito colectivo de haber dejado de normalizar comportamientos y gracietas descaradamente machistas, racistas y homófobas, algunos ya criticados abiertamente en la primera Torrente de 1998, pero otros que por aquel entonces seguían más que aceptados.
Y el problema de Torrente a partir de la segunda entrega (sin necesariamente incluirla) es que cada vez resultaba más difícil justificar cada nueva secuela que sacaba Segura: la sátira y la crítica mordaz hacia el facherío español ya estaba hecha, no había nada más que aportar a ella, salvo usarla como carta blanca para la reincidencia en esas mismas barbaridades, cada vez con menos pudor y más regodeo, cada vez con más sospecha de que las películas se hacían para que cierta gente celebrara ciertas cosas sin pedir permiso ni perdón, reventando la taquilla como casi ninguna película española lograba. Como una pescadilla que se muerde la cola, un monstruo de la basura haciéndose más grande y oloroso, como la escena de The Boys en las que Homelander fríe a un tío y para su sorpresa no le censuran sino que le aplauden.
Afortunadamente, Torrente Presidente no resulta tan gratuita como las otras secuelas, y Santiago Segura reconduce bien la saga al apuntar directamente a la política, y específicamente a partidos como Vox, como culpables de que los comportamientos e ideologías más rancias sigan a la orden del día, incluso al alza. Luego hay disonancias, sí, como invitar a la película a agitadores políticos, a creadores de bulos o directamente a políticos corruptos, pero la buena intención está ahí. Incluso si no compras su discurso (que es intencionadamente ambiguo y, como muchos dicen, de brocha gorda y maleable para que cada cual lo moldee para sus intereses), al menos los chistes son más relevantes y reconocibles y el desfile de cameos está algo más justificado, a diferencia de las insoportables secuelas de Torrente de la 3 a la 5.
Lo malo de esto es lo que nos juega nuestro imaginario colectivo: con tanto cameo y caricatura de políticos, es inevitable asemejarla tanto a una parodia de Nochevieja de José Mota (extraña ausencia en la película, por cierto). Si las anteriores películas de Torrente intentaban parodiar el thriller de policías, con forzadas pero algunas muy meritorias escenas de acción, la premisa de thriler político Torrente Presidente es mucho más insignificante de lo que podría haber sido y acaba siendo un desperdicio de guion que se hace bola en bastantes momentos donde ni cuenta nada nuevo, ni alcanza a hacer reír como al principio.
Lo que da más rabia es que, con algo más de esmero en la escritura, puesta de escena y ritmo, Torrente Presidente podría haber llegado a ser una buena película, más allá de cómo te tomes su humor. Hay momentos donde amagan con giros de guion realmente interesantes, pero el "nudo" y resolución son tan apresurados y torpes que desperdician todo su potencial. Uno puede excusar las interpretaciones patéticas, la dirección plana o la cutrez intencionada, acorde con su protagonista, pero hay ciertas cosas que me cuesta pensar que se hayan hecho tan mal a posta y no vienen de pura ineptitud o falta de ganas/presupuesto.
El resultado es que Torrente Presidente es mejor de lo esperado y al mismo tiempo la misma mierda de siempre, como la propia Sony ha insinuado en su minimalista campaña de márketing. Al menos no se puede negar que Santiago Segura no haya tenido ideas, y me convence de que todavía es posible justificar la existencia de películas de Torrente en 2026, aunque siempre habrá quién no pille la ironía...
