Análisis: Donkey Kong Bananza se sitúa entre Super Mario Odyssey y los últimos Zelda, ¿para bien o para mal?
Nintendo redefine lo que es un sandbox con una interpretación muy literal del término. ¿Estamos ante su nuevo gran juego de plataformas? No precisamente...
La comparación más obvia y cacareada al hablar de Donkey Kong Bananza desde su revelación en abril fue con Super Mario Odyssey. Era natural, estando el mismo estudio detrás de ambos juegos. Son reconocibles muchos sistemas heredados de los Mario 3D de EAD Tokyo desde tiempos de Galaxy, así como el estilo general e incluso recursos gráficos y sonoros reutilizados o ligeramente retocados. Pero, habiendo jugado más de 40 horas a la nueva aventura destructiva de Nintendo para Switch 2, me he acordado en más ocasiones de los últimos Zelda (Breath of the Wild y sobre todo Tears of the Kingdom) que de la odisea de Mario y Cappy. ¿Para bien o para mal? Vamos a verlo.
Ya en mis primeras impresiones en la toma de contacto con Nintendo Switch 2 en París apuntaba un factor clave: Donkey Kong Bananza es un juego muy experimental, mucho más de lo que parece a primera vista. Esto quiere decir que rompe literalmente con varias de las reglas establecidas en los juegos de plataformas y aventuras digamos de "collect-a-ton" en 3D para apoyarse muy mucho en los nuevos sistemas con los que transformas el mundo. Efectivamente, lo hace con tantas ganas, que el que no entre a gusto en el bucle de partida puede quedar desencantado o aturdido con la propuesta de DK Bananza.
¿Qué quiere decir todo esto? Que sí, Donkey Kong Bananza se basa en apariencia en la destrucción, pero la destrucción en sí es solo uno de los medios para la exploración, que es la verdadera protagonista y el auténtico gancho del juego. Cuando llevas unas horas de carácter introductorio, digamos al llegar al cuarto estrato, el Estrato del cañón (capa -300 bajo tierra), empiezas a descubrir de veras de qué va todo esto. Porque la destrucción puede ser muy divertida, pero arrasar porque sí solo tiene sentido a veces y mantiene la gracia cuando te apetezca, no como método principal de navegación.
Al llegar a las tierras naranjas del cañón habrás adquirido el suficiente conocimiento de lo que puedes hacer y de cómo puedes hacerlo como para engancharte al juego de verdad. Con el botón R puedes dar un manotazo en el suelo (o una palmada en el aire) que no solo recogerá los objetos cercanos, sino que también hace las veces de un sónar para detectar tesoros cercanos, ya sean plátanos ocultos (gemas de banandio), fósiles, cofres y otras cosas de interés, y que también te puede sugerir cómo y por dónde abrirte camino. Ahí comienza tu nueva obsesión, el auténtico gameplay loop de Donkey Kong Bananza.
¿Terapia antiestrés u origen de TOC? La dicotomía psicológica de Donkey Kong Bananza
Es una dicotomía digna de estudio. Por un lado, liarte a destruir todo el escenario, quizá arrasar con él con una fuerza bruta superior gracias al poder de la Bananza Kong (una de las varias transformaciones animales del personaje) puede resultar fácilmente una práctica antiestrés. ¿Llegas a casa agobiado del trabajo o tienes un descansito? Ya sabes que dicen que relaja romper cosas, y el mundo en gran parte destructible del juego te permite desahogarte pero bien. Sin embargo, en contraste está esa obsesión que mencionaba. Al menos a mí me ha pasado que, eso de ir por el escenario comprobando a cada paso el sónar, y por tanto lanzándome a por el siguiente coleccionable a tiro tomando un desvío (aunque sea atravesando el terreno en línea recta), en lugar de seguir la misión principal, se ha convertido en un vicio muy divertido y adictivo, pero también en una especie de TOC. Por si fuera poco, esto en ocasiones se acentúa por el sobreestímulo de "hay tantas cosas que puedo hacer ahora mismo" sumado al síndrome del completista de "cómo me voy a dejar eso sin hacer", lo que sinceramente puede abrumar.
Tras estas analogías psicológicas, he de decir que la idea es siempre para bien y sinceramente funciona, al menos conmigo. Es decir, la intención de los desarrolladores es siempre animarte y alentarte a explorar, a desviarte como yo, y a encontrar las auténticas delicias de su diseño de niveles vertical y de mecánicas innovadoras saliéndote del camino establecido. Aquí llegamos al punto clave de toda esta reseña de Donkey Kong Bananza: si aceptas este bucle de partida y te cunde perseguir los reclamos del sónar, disfrutarás como un mono durante decenas de horas, de forma similar (salvando las distancias) a tus escarceos por la tierra de Hyrule.
En cambio, entiendo que puede haber, y así lo he confirmado con un par de compañeros, jugadores que crean que la diversión de destruir todo sin ton ni son se acaba pronto y se puede hacer monótona, o que el juego estira un poco el contenido si no te sientes tan tentado por completarlo. Si eres como yo, en cambio, se te pasarán las horas muertas, y te recomiendo jugar a Donkey Kong Bananza con mucha libertad y dejándote llevar por lo que más te llame la atención en cada partida, pero sin acudir a toda prisa a ver el final de la historia.
Donkey Kong Bananza es mecánicamente tremendo
Porque ante la posibilidad de que destruir se haga repetitivo o de que el bucle te resulte monótono hay para mí un ingrediente único que pocos estudios en el mundo pueden añadir a su receta: la infinita capacidad de EAD Tokyo para que se le ocurran nuevas ideas a cada paso. Ahí es donde Donkey Kong Bananza vuelve a ser mucho más Zelda que Odyssey, con sus propios "santuarios" (unos desafíos en ruinas antiguas descaradamente parecidos a los que visitaba Link) en los que resolver pseudopuzles mecánicos, y con cada estrato, y a veces cada capa de cada estrato, proponiendo una nueva forma de jugar con los sistemas y con los materiales. No daré ejemplos para reservaros la sorpresa al descubrirlos: llegan a unas proporciones hacia el final del juego que ni imagináis.
Y esto me devuelve al factor experimental. Lo que hace Donkey Kong Bananza con la tecnología de formación, deformación y destrucción del terreno, sumado a un toquecito aleatorio procedimental y a todos los giros de tuerca que le van dando hasta el final, combinando distintos poderes, variantes, materiales y trucos, es digno de aplauso. A veces, me dejaba la sensación de que solo un juego indie o AA con acceso anticipado se atrevería a poner todo esto sobre la mesa, siempre asumiendo menos riesgos y buscando la aprobación previa (y las pruebas) de la comunidad. Pero esta es la misma Nintendo que se atrevió a romper sus propios moldes con The Legend of Zelda: Tears of the Kingdom, y quizá la única con la valentía de lanzar un producto tan experimental como primer gran single player de su nueva consola, en la ventana de salida, y como gran retorno de su personaje más antiguo. En el clima actual de la industria del videojuego, donde asumir riesgos parece contraproducente, hay que celebrarlo.
Pero que el término mecánico-experimental que tanto repito no lleve a confusiones. Donkey Kong Bananza es, también, un juego aún más ambicioso que Super Mario Odyssey en valores de escala y de producción. No puedo pronunciarme con detalles, pero sí deciros que cabe esperar un endgame y un postgame como los que acostumbra el estudio, y aquí recuerdo que fue precisamente eso lo que terminó por conquistarme de la aventura sombrerera: todo el contenido que quedaba tras evitar la boda de Peach y Bowser, lo divertido que era y lo difícil que podía ponerse.
El contraste de dificultad viniendo de Country Returns y Tropical Freeze
Hablando de dificultad, esa podría ser mi mayor pega con Donkey Kong Bananza. Entiendo que los retos más complicados, que los hay, se reservan para desvíos concretos o partidas muy, muy avanzadas, pero habría un mínimo más alto exigible, sobre todo en cuestión de jefes. O soy muy bueno, o muy bruto, o las dos cosas, pero hasta la mitad del juego creo que no perdí un globo de vida por daño, y casi todas las batallas de jefe se acababan en un suspiro. De nuevo: los veteranos encontraréis retos de experto, pero la simple satisfacción de estas batallas por el camino se ve claramente mermada.
También podría poner alguna pega técnica, no tanto por bajones de framerate y rendimiento (el juego mantiene la imagen suave casi siempre y los cortes llegan más en vistazos al mapa o desde alturas que en la acción propiamente dicha) como por algunas asperezas evidentes. Digamos que en ocasiones se ven las aristas más poligonales o hay popping evidente, y sería muy gratuito achacar esto a los orígenes de Donkey Kong Bananza para Nintendo Switch 1; de hecho diría que se trata más de la tecnología de terraformación y destrucción.
Escenas y animación de película
Dicho esto, decía que la ambición superior también se aplica a los valores de producción en comparación con Odyssey, y ya está claro que hay una Nintendo pre y post Super Mario Bros. La Película, y no solo por el énfasis en recuperar al simio. La calidad de las animaciones de DK y Pauline, de las escenas de corte cinematográficas o incluso del tentador Modo Foto, sumadas al doblaje al castellano de la niña, sitúan este juego en otro nivel del que ya no se podrá bajar la compañía, uno que empezó a explorar precisamente con Odyssey y con los Zelda y al que no nos tenían acostumbrados. Pauline comenta con voces en español incluso acciones en directo, y toda la calidad añadida en los movimientos y expresiones de la pareja refuerzan el vínculo más que nunca con los personajes y su narrativa. Hasta el punto de llegar a preguntarme "pero, ¿desde cuándo me importaba a mí tanto el lore de Donkey Kong y Pauline?" Y los que busquéis afrenta y herejía respecto a los trabajos clásicos de Rare encontraréis respeto y homenaje, mucho más de lo que esperáis.
De hecho, Pauline es simplemente fantástica. Ella sola se echa todo el encanto a los hombros, por mucho que viaje en los ídem de DK. El Kong es gracioso, payasete y, sí, muy expresivo con su nuevo diseño, pero lo que mejor debe hacer y hace es transmitir su fuerza con unos movimientos perfectamente definidos. Sin embargo, es la nueva "princesa Nintendo", que no tiene nada de princesa, la que convierte este tándem en uno muy superior al de Mario y Cappy, y la que conquistará a los fans irremediablemente con su energía, su aspecto, sus canciones e incluso sus entrañables reflexiones cuando se va a la cama. Sin duda, la adolescente ya apuntaba maneras...
Cuando jugué por primera vez a Switch 2 y a DK Bananza en París decía que las mecánicas y las ideas que se esperaban del estudio tendrían que compensar con creces una supuesta diferencia de appeal, pero los dos párrafos anteriores dejan claro que los nipones eran más que conscientes de ello y optaron por cubrir las dos vías, por si acaso. Así, te interese la historia de esta nueva pareja de bobalicón gigantón y niña cantante más o menos, te encontrarás con un juego muy original que, bajo su apariencia destructiva y su legado de plataformas, va en realidad más de exploración y de game feel. Si sabes dejarte llevar por los anzuelos del sónar y disfrutas ahondando en su calidad mecánica, Donkey Kong Bananza es indudablemente el primer imprescindible en solitario exclusivo de Nintendo Switch 2. Como tal, te propone un juego por capas y con una enorme personalidad para ir desenterrando y descubriendo el tesoro de su diversión durante todo el verano y más allá.

















