Es indudable que, a causa de la pandemia de COVID-19 y la situación de alarma en medio mundo, la mayor parte de industrias activas se están viendo afectadas y teniendo que improvisar métodos de todo tipo para sobrevivir provisionalmente. Desde teletrabajo hasta conferencias por videollamada, pasando por clases en línea, programas audiovisuales realizados en casa, envíos de todo tipo... cada sector hace lo que buenamente puede para que el barco resista la tormenta hasta que amaine. El mayor problema, quizá, es que no tenemos ni idea de qué nos depara el horizonte cuando volvamos a la 'normalidad'.
El cine no es ninguna excepción a este gran cambio, y obviamente las salas en las que se proyectan películas están totalmente clausuradas y en pausa indefinida. Además, puede que en este caso los efectos sean más graves que en otras industrias, puesto que después del confinamiento estaremos un buen tiempo evitando los espacios cerrados y las conglomeraciones si no queremos sufrir una segunda ola de contagio, una de las mayores preocupaciones de los expertos en epidemiología.
No obstante, si uno se detiene a reflexionar, se da cuenta que el sector del cine lleva sufriendo grandes cambios en el último par de décadas. Empezaron con el uso habitual de internet y las descargas, que cambiaron el consumo de compra o alquiler de películas en videoclubes y grandes superficies, y luego cantidad de salas fueron cerrando poco a poco al no poder adaptarse muchas de ellas a la nueva tecnología de proyectores durante la crisis, además de la bajada de audiencia. Posteriormente, surgieron plataformas y servicios de streaming que se han convertido en una parte importante de nuestro consumo cultural diario, primero para los jóvenes y ahora ya introducido a gente de todo tipo de edades. Ante esta feroz competencia de películas gratis en internet y plataformas digitales económicas frente al precio que cuesta ir al cine tradicional (especialmente si vas en familia y encima compras refresco y palomitas), podemos afirmar que la industria ya es muy distinta a la que conocíamos.
Y es que esto no es solamente una percepción, que el sector cinematográfico ha cambiado, sino que ha sido objeto de debate entre los académicos, que en muchas ocasiones han sido reacios a esta transformación. Por ejemplo, este año 2020 estaba nominada a mejor película de 2019 El Irlandés, una obra que se estrenó tanto en Netflix como en cartelera, así como Historia de un matrimonio. Dos películas candidatas a convertirse en la mejor del año, pero que podíamos ver en primicia tumbados en el sofá desde el ordenador, la tele, la tablet o el móvil. Impensable cinco años atrás; ¿acaso el cinema no es, como dice la propia palabra y de forma redundante, ir a un cine?
Más paradójico todavía es que, hace dos años, el Festival de Cannes prohibía a Netflix participar como productora por no estrenar sus películas en la gran pantalla, una especie de crimen moderno a la profesión, que dejó a la activista Okja y a The Meyerowitz Stories sin posibilidad de galardón. Incluso fueron abucheadas por el público, más por su procedencia y formato que por la calidad de las cintas. Cómo han cambiado las tornas en tan poco tiempo...
Así, en mitad de esta época de metamorfosis, ha llegado la pandemia alrededor del mundo, y las salas han tenido que cerrar. Esto ha comportado muchos efectos, el primero de los cuales ha sido el retraso de los estrenos de algunas superproducciones, como es el caso de la última entrega de James Bond 007, No Time to Die (Sin tiempo para morir), que ya el 4 de marzo, antes que ocurriera el boom de la cuarentena, posponía su estreno noviembre. A esto se han sumado muchos otros films, como Wonder Woman 1984, Viuda Negra o Mulán, entre otras, a lo que hay que añadir todas las películas que estaban en producción y se han detenido, como Misión Imposible 7, Uncharted o Cazafantasmas.
Con los cines cerrados indefinidamente y el tiempo que tarde toda la situación en recuperarse, sumado a la cautela posterior para ir a espacios masivos, empiezan a surgir soluciones. ¿Y si algunas de estas películas se estrenan directamente de forma digital? En Estados Unidos se empieza a vislumbrar con algunos títulos como Frozen II y Aves de Presa, cuyo estreno en digital se ha adelantado mucho antes de lo previsto. Otras películas como Onward, lo nuevo de Disney-Pixar, se han estrenado casi simultáneamente en digital (dos semanas de diferencia) por 19,99 dólares en plataformas como iTunes, Google Play o Amazon, algo totalmente insólito. De hecho, la película llega el 3 de abril a Disney+, menos de un mes tras su estreno.
Este modelo puede marcar un auténtico precedente, provocando que más y más películas se estrenen a partir de ahora en formato digital, una medida que puede cambiar el cine que conocemos para siempre. ¿Podría pasar también en España? Pues bien, en primer lugar, en Estados Unidos tienen a priori un plazo mínimo de 90 días desde el estreno en salas hasta el lanzamiento en otros formatos (Internet, Blu-ray...), mientras que en España el periodo es de 112 días, algo que podría ajustarse para competir en condiciones, y no se antoja demasiado complicado de implementar.
El verdadero problema es que la Ley del Cine en nuestro país obliga a que todo filme que haya recibido ayudas tenga que salir primero en salas y dedicar el 15% de su presupuesto a la promoción del propio, por lo que no puede debutar en digital. Como nunca antes había ocurrido nada similar, la legislación está ahora mismo en blanco, por lo que tal y como informa El País, los productores y el ICAA (el organismo del Ministerio de Cultura del que depende el cine) negocian varias medidas para que esto pueda salir adelante.
Lo que está claro es que, si funcionan en Estados Unidos los estrenos digitales, el sistema se importará eventualmente a Europa, aunque es imposible prever si esta medida quedará fija en el futuro para que algunas películas salgan directamente en digital o si solo es algo provisional mientras el formato de butacas se vuelve a reinventar. De todos modos, lo primordial para la industria del cine, como en tantos otros sectores, es para la sangría, y en el país americano ya se han destinado 454.000 millones de dólares, según EFE, en ayudas para la industria cinematográfica que ha aprobado el senado, algo muy celebrado por el sector.
En España, pese a que la cultura aportó al PIB en 2019 un 3,2% del total, acorde a los datos de La Razón, todavía no hay un consenso sobre las ayudas que se necesitan, aunque la Academia del Cine ha propuesto una mesa de trabajo para pedir soluciones al ministerio y poder sobrevivir durante este tiempo tan difícil para la gran pantalla.
Aunque no hay nada claro, la magia del cine flota en el aire, y el viento puede que la lleve para un lugar u otro. Pero si los acontecimientos siguen su curso y el confinamiento se alarga como ya se ha previsto, va a tocar adaptarse como han hecho tantos otros sectores, del entretenimiento o de cualquier tipo. Puede que estemos más cerca que nunca de ver súper estrenos en nuestro portátil o smartphone, algo que ya ha pasado con las series y a lo que estamos más que acostumbrados. De ser así, el coronavirus, en comunión con una transición digital que ya marcaba 2020 como año clave, habría marcado un punto de inflexión, un antes y un después absoluto en la cultura histórica de "ir al cine". Puede que no sea algo necesariamente malo a largo plazo, puesto que al final todo evoluciona y quizá -y que no se enfaden los nostálgicos- en unos años desplazarnos a una sala para ver películas será casi tan raro como ver un videoclub abierto hoy por hoy. Esperemos que, para beneficio del contenido y de los espectadores, que son lo que importa, la solución sea buena para todos y esto acabe bien, como una película con final feliz.
