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Activision-Blizzard, el villano que pudo ser héroe

800 despidos son siempre una tragedia, incluso en buenas condiciones como estas, especialmente cuando parece que eran evitables.

Quien se mueve por foros y redes sociales de videojuegos no habrá pasado por alto en las últimas horas el drama que se ha vivido en Activision-Blizzard. El gigante americano, que hasta la fecha parecía indestructible, ha acometido una fuerte reestructuración que dejará en la calle en torno al 8% de la plantilla. Y si Robert Kotick, presidente global, ya tenía fama de ogro avaro por utilizar todo tipo de prácticas abusivas y de exprimir al máximo cualquier producto dejando de lado la creatividad, aún ha empeorado más.

Son casi 800 trabajadores que han recibido la noticia de golpe; o, aún peor, que han estado más de 48 horas torturándose por culpa de los rumores muy fiables que saltaron antes con ese 'voy a ser yo' derrotista. A Jason Schreier, el periodista con mejores fuentes del sector, le contaron en directo el drama que se vivía en las oficinas, con gente llorando y abrazándose desde primera hora de la mañana, esperando lo peor. La madre de un community manager respondía que su hijo había estado dos horas llorando dentro del coche, solo, por perder el trabajo de su vida.

800 despidos son siempre una tragedia, incluso en buenas condiciones como estas, especialmente cuando parece que eran evitables. Porque las cartas de despido han llegado el mismo día que Kotick presumía de que se había batido de nuevo el récord de facturación trimestral y anual en el cierre de 2018. Unos 7.500 millones de euros que, sin embargo, son el motor de los cambios, pues "no logramos nuestro máximo potencial". Activision-Blizzard no ha logrado sus objetivos presentes y ha rebajado los futuros. A esto hay que añadir la presión que ejercen los inversores que llevan varios meses viendo cómo el valor de sus títulos no deja de caer. Y la directiva ha tomado esa decisión, la más fácil, recortar costes laborales.

El argumento ofrecido por los J. Allen Brack, mandamás de la división rolera, es que había muchos puestos redundantes. Hace ya un par de años comentaba con una colega de la filial española, en tono jocoso, qué poco trabajo tenían que tener últimamente pues el número de lanzamientos se había reducido considerablemente, especialmente en Activision. Pero la broma esconde una gran verdad, y es la reducción de sus catálogos a la mínima expresión. El beneficio ya no está en sacar varios juegos a ver cuál triunfa y logra recuperar, sino en fidelizar y profundizar en unos cuantos, que aporten un flujo constante de ingresos. El famoso Game-as-a-Service que tan bien encaja con los micropagos. Tener a la gente enganchada y consumiendo periódicamente en vez de un solo pago más elevado.

Por eso, la mayor parte de los despidos se han producido en liderazgos medios y en departamentos como marketing o comunicación. Pero no en desarrollo; al contrario, Kotick ha anunciado contrataciones para ampliar un 20% la plantilla de los estudios encargados de las grandes franquicias como Call of Duty, Overwatch o Diablo. Es la buena noticia que se esconde detrás de este nubarrón oscuro, pues las sillas vacías se ocuparán pronto y, probablemente, con empleos mejor remunerados. 800 despidos siempre son una tragedia, pero se podría pensar que el ogro no lo es tanto. De hecho, la circular interna habla de condiciones favorables de despido, como una paga extra por los beneficios de años anteriores, extensión de su seguro médico y ayuda a la búsqueda de un nuevo empleo.

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Puede que el otro no lo sea tanto, insisto. Y, sin embargo, cuesta mucho agarrarse a los aspectos positivos de la situación. Porque vuelven a resonar los ingresos récord de lo que tanto presumió frente a los accionistas. Porque tampoco se olvida tan fácilmente que hace tan solo unos días pagó 15 millones de dólares a Dennis Durkin para que volviese al cargo de director financiero. O porque él mismo cobró casi 28 millones de dólares en 2017 y más de 30 un año antes. Es un caso diferente, aquí no hay un mea culpa, pero no dejo de recordar a Satoru Iwata y Shigeru Miyamoto reduciendo su sueldo un 50% un año y otro y otro más durante los años más críticos de Nintendo, a principios de esta década. Pero no se tocó prácticamente ningún empleo, excepto en localización, porque Iwata no creía en los despidos.

Que no se hayan alcanzado las previsiones no significa que las cuentas vayan mal, tan solo que querían más. Pero entre todos los números, quisiera destacar uno que ha pasado desapercibido. El margen bruto de explotación del cuarto trimestre también fue de récord, del 35%, evidenciando que el coste estructural es perfectamente soportable por la compañía. ¿Tan problemático es que sus trabajadores no estén la jornada completa con el agua al cuello y se desenvuelvan con soltura? Es más, ¿y por qué no haber usado ese poderío y esa rentabilidad para reducir la jornada y demostrar que hay otra forma de gestionar una empresa? Eficiente, con beneficios estratosféricos y responsable con sus empleados.

Pero no ha sido así. El caso de Activision-Blizzard demuestra que en el marco actual influye más la presión de unos inversores desconocidos haciendo caer el valor bursátil incluso sin mirar el balance que una plantilla de casi 10.000 trabajadores, dispersa y no organizada, incapaz de defenderse. El ruido de la unión es cada vez más fuerte. Que después no se pregunten por qué están volviendo los sindicatos.